miércoles, abril 22, 2015
Oh Dios! exclamó, no creyendo para nada en él, y en todas las circunstancias que el gran creador había puesto en su camino. Su actitud cobarde y mediocre, le hacía creer que era el ser más mísero de la existencia humana. Poco a poco fue comprendiendo que todo el mundo se sentía exactamente a él, y que el gran creador había abandonado a todos sus retoños. Y no era para menos, ya que sus humildes ovejas se habían doblegado a la mano cruda y fría del ego. No sólo el ego del falso espíritu, del super-yo, y todo eso que cacarean los intelectuales/espirituales. Del ego cómo fuerza inerte e imperecedera, abundante tal cómo la vida, en el infinito universo. Pasaba por un tema de elección inconsciente, de un mundo circulando hacia el mismo camino, de un río cuál afluente ya eran esquirlas imposibles de evadir. Sin más pataleos, cedió ante el, y se doblegó. Su inútil batalla había terminado. Todo lo que quedó, no fue más que un destello de luz, oculto en lo más profundo de su alma. Juró nunca más batallar, y sólo unirse a toda la masa, ya no había fuerzas de continuar luchando. Pero ésta luz, permaneció oculta en sí, sin llamar su atención. Nuestro querido amigo jamás supo que la llevaba consigo, y continuó viviendo con las reglas de otras personas. Ni éste humilde narrador sabía lo que ese ínfimo destello iba a ocasionar en su paso por este mundo.
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